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EL RACISMO DE MARTHA CHÁVEZ

  • Foto del escritor: David Roca Basadre
    David Roca Basadre
  • 11 sept 2020
  • 6 min de lectura

Actualizado: 12 sept 2020

EL RACISMO DE MARTHA CHÁVEZ

Por David Roca Basadre


El racismo expresado por la congresista Martha Chávez expresa sentidos comunes reprobables pero desafortunadamente extendidos.


El racismo tiene una historia, y no muy antigua. Los pueblos, los grupos, siempre han tenido la tendencia a separarse de los diferentes, afirmando la superioridad de sus costumbres, normas, estética, ideas, etc., respaldando, cuando se podía, esto en manifestaciones de poder. Pero eso tan solo, no es racismo.

El racismo se origina con la gran invasión europea del planeta en los siglos XV y XVI, y sucesivamente hasta nuestros tiempos en que la presencia occidental ha logrado una hegemonía que hace difícil para la mayoría decantarse de ella. Mayoritariamente pensamos como europeos, aspiramos como europeos, y los valores europeos primero religiosos y luego laicos – los derechos humanos – se han afirmado como universales. Sobre esto ya hay abundante literatura,

Recordemos que esa superioridad del invasor europeo se manifestó de una manera novedosa, mediante la afirmación no solo de su superioridad basada en la fuerza sobre los pueblos conquistados, sino en una serie de teorías al inicio basadas en lecturas particulares de la Biblia y luego en una pseudo ciencia con diversas propuestas teóricas y - no pocas veces - falsas pruebas luego desmentidas, para demostrar esta vez una superioridad imposible de revertir, porque era un asunto de naturaleza.


La invasión europea se impuso bajo el signo de la superioridad "natural" de invasores sobre indígenas de América y de África, sustentada primero en la Biblia y luego en una pseudo ciencia.


La idea de la universalidad de los valores significa que los valores cultivados e impuestos por el invasor durante su propia Historia, invalidan los cultivados por los otros que, por eso, son pueblos primitivos, llamados sin Historia. Cuando lograron desaparecer culturas, no quedó huella. Y cuando se toparon con culturas fuertes, resistentes, sólidas como la azteca, la maya, la inca en nuestro continente, o los grandes estados del Congo o de Malí, o el reino etíope en África, los esfuerzos por asimilar se volvieron más brutales.

Y para afirmarse, hubo que declarar de manera inobjetable, la relación primero religiosa y luego biológica, entre asimilación o no de los valores supuestamente universales de los que eran portadores – moral, estética, creencias, aspiraciones de modo de vida – y la apariencia física, el color de la piel.

Todo esto sirvió para justificar cosas como el maltrato y asesinato de indígenas entre nosotros, y la esclavitud de los africanos que no poco dinero permitieron acumular a los dirigentes de entonces de los actuales países más ricos, sus herederos. Y también lo que vivimos hoy.

Hoy

Concretamente y para el caso que nos interesa – la afirmación excesiva, y racista, de la señora Martha Chávez sobre el ex presidente del Consejo de Ministros Vicente Zeballos – es expresión local de toda esa Historia sintetizada en pocos párrafos más arriba.

Pero, ojalá fuera solo la señora Chávez, que aparentemente no se daba cuenta del racismo que expresaba, como tantos. Hay un debate político de fondo que se expresa también en el debate reciente sobre el vídeo “Los castellanos del Perú”, del Ministerio de Educación. Lo que más sofoca, al parecer, a los críticos del vídeo es que se diga que el lenguaje es una imposición de los sectores dominantes que controlan los medios de comunicación, etc.

Negar la validez de la diversidad aludiendo a hechos evidentes que se quiere negar - que unos pocos deciden por la mayoría - equivale a lo mismo.


Esa objeción, absurda de por sí porque no se puede negar que hay quienes deciden qué se dice y cómo se dice, contiene asimismo una dosis de racismo ante una diversidad de usos y formas del lenguaje que se da en todas las lenguas. Por la sencilla razón que subyace en esa crítica la prioridad de cierta forma del hablar sobre las otras. El vídeo tiene, pues, razón cuando afirma que “la discriminación lingüística es una de las tantas formas de exclusión en la sociedad, al lado de la discriminación por raza, género, cultura o nivel socioeconómico”.


Obsérvese en la imagen el lugar preponderante que le dan las cámaras a la ex congresista Martha Hildebrandt, y dónde se ubica la ex congresista Paulina Arpasi. El tono de la primera puede adivinarse en el gesto (vídeo disponible en YouTube)


Y la imposición es con prepotencia. Todo se puede graficar. A raíz de lo que dijera la congresista fujimorista Chávez, circuló un vídeo de la ex congresista también fujimorista Martha Hildebrandt, donde debate con la ex congresista nacionalista aimara Paulina Arpasi en tiempos de Humala, luego de enfrentarse acaloradamente sobre un proyecto de ley para oficializar las lenguas indígenas. Martha Hildebrandt se oponía. En la discusión en los pasillos alza la voz delante de las cámaras para mostrar su indudable trayectoria académica y de publicaciones como lingüista, al tiempo que desprecia la de la señora Arpasi, abogada. Esta última le dice que el debate no es sobre lingüística sino sobre la pertinencia del uso oficial de las lenguas indígenas, pero su voz es baja, se pierde, y la lingüista domina las cámaras, el escenario. Es interesante ver esas tomas además de la argumentación: la razón la tiene Arpasi, porque el debate en efecto era sobre lenguas originarias, pero ante el espectador televisivo sin dudas, gracias a la actitud, y al apoyo de las cámaras, Martha Hildebrandt salió triunfante.

Prensa: visto de Lima y visto allá

He tenido delante la tesis doctoral del, también, lingüista Raúl Montesinos donde hace una comparación, desde su perspectiva profesional, sobre las diferentes formas de informar las movilizaciones en torno al llamado “aimarazo” en Puno, por parte del diario El Comercio y el diario local “Los Andes”. El diario puneño no es de izquierda, es más bien de talante conservador, pero es asimismo promotor y defensor de las culturas aimara y quechua, que son parte de su identidad.

Dice Montesinos que “ambos diarios aprovechan bien una serie de recursos lingüísticos para reconstruir, según sus intereses, la narración del momento álgido del conflicto.” Así, El Comercio “reitera que los manifestantes atentan no solo contra la propiedad pública, sino contra la privada; contra la ciudad de Puno: finalmente contra el propio país y sus instituciones democráticas.” Y en ese contexto, los manifestantes aimaras, como grupo indiferenciado y sin matices, tienen “pedidos o razones – acaso irracionales - que no interesan. Así la discusión sobre las necesidades de los que protestan (los otros) pasa a segundo plano o, sencillamente, desaparece.”

Contraste entre sesgo informativo del diario El Comercio y el diario Los Andes (Fuente: tesis doctoral del lingüista Raúl Montesinos).


En contraste, Los Andes ya no ve al aimara como al otro, sino que lo tiene incorporado, lo representa. Y, sin dejar de informar sobre los hechos violentos y sus consecuencias negativas, “presenta como responsable final a un Estado lejano e incapaz de atender los pedidos o las necesidades de las comunidades aimaras que reclaman. La cobertura del diario puneño, por ello, muestra a unos manifestantes desatendidos que sufren tanto como los demás, ciudadanos o turistas, y que son como nosotros, seres con necesidades y voces. En ese sentido, finalmente, el problema real no son los manifestantes ni menos los aimaras, sino el propio conflicto socioambiental complejo, cuya responsabilidad recae en un gobierno centralizado y despreocupado, causante final del momento álgido.”

La mirada periodística informa según intereses económicos, pero no solamente. Detrás de la información de El Comercio está también la mirada lejana, ajena, que, sin ocultarlo mucho, al anteponer intereses concretos sobre los de las comunidades, al mismo tiempo las desprecia al ocultarlas: esos otros no importan. Eso es racismo que, además, se divulga.

Con eso se ha naturalizado la vida del Perú que vivimos, y la señora Chávez solo continuó expresando aquello en el Congreso de la República.

No basta con botar a Martha Chávez

Juan Carlos Callirgos, que ha pasado una vida estudiando el tema, dice que “muchas veces se señala que sólo hay racismo allí donde se reconoce oficial o políticamente su existencia. El racismo aquí no existiría porque no se sustenta legal ni políticamente. (…) Como si sólo existiera en la realidad lo que señala la legislación.” Aquí Callirgos, mucho antes del evento del vídeo del Ministerio de Educación, alude a lo que acaban de expresar sus objetores que plantean, mediante la norma legal y salmos a la democracia, negar que, así como quieren prohibir el vídeo, de hecho, están prohibiendo la existencia del otro.

Negar al otro, para establecer criterios únicos, es el signo de la globalización. Negar la diversidad en el Perú es racismo al servicio del control social.


Siempre se puede sacar provecho de las cosas, incluso de las peores, como es el caso del incidente protagonizado por la congresista fujimorista. Permite tomar al toro por las astas y darnos cuenta que no hay que ser tan explícito como la señora Chávez, que el racismo es una forma de vida, una visión del mundo predominante en el Perú, atada al centralismo, a la globalización que impone modos de vida muchas veces imposibles, y se difunde mediante sentidos comunes tantas veces inobjetables a primera vista.

Más que un mal social aislado, el racismo es parte de toda la estructura socioeconómica necesaria para la mantención del statu quo, de la lógica que subordina país al interés de unos cuantos.

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