CRÓNICA DESDE EL REINO DEL COVID
- David Roca Basadre

- 5 jul 2020
- 4 min de lectura
Actualizado: 28 ago 2020
CRÓNICA DESDE EL REINO DEL COVID
Por David Roca Basadre

La avenida es larga, parece que no lleva a ninguna parte. Los árboles son escasos en el ancho paseo central, el verde se compone de matas con restos de pasto y mala hierba. Abundan perros, vienen de los grupos vecinales que colindan con cada pista de ida y vuelta, en manadas, solitarios, o apenas tenidos de algunas correas.
No es un sitio bonito, a pesar que al fondo de la noche la luna se puede ver enorme cuando aparece, casi tocando al mar, y que, no pocas veces, se dibujan colores rojizos, otros tornasolados, en un cielo que puede lucir encapotado, y otras veces extrañamente limpio.
Las gentes con mascarillas van y vuelven de un lado al otro, desde el inicio de la avenida, desde las calles cercanas, para encontrarse o perderse, como en cualquier lado. En no pocas ocasiones esas mascarillas están raídas, rotas, usadas y reusadas varias veces, pendientes como distraídas de un extremo de la boca, cuidando nada.

Acabo de pedir el servicio de internet, y la empresa insiste en decir que no es distrito sino asentamiento humano. Me pregunto si Villa El Salvador es parte de algún lado de Lima.
Me tocó estar en el barrio más infectado de la capital, por una serie de azares que mejor olvido, en plena pandemia. Atrapado, mirando por la ventana y cerca de esa avenida donde es difícil encontrar algo que parezca algún color vivo. Tanto se distribuyen las cosas entre tonalidades desvaídas, en busca de una nueva brocha.
El coronavirus no existe, si se lo preguntan sinceramente a muchos. Más allá de donde vivo, el mercado 12 de mayo, uno de los tantos centros de abasto del distrito, cada día parece de fiesta, con colas que no quieren ser, vendedores que se colman de pedidos, la larga lista de mercaderías que se extienden en la pequeña calle de los accesos posteriores.
Cualquiera se sorprende. Y alguien deja caer:
- “Mercadería con covid incluido…”

Me interpela un chico con cara de estudiante universitario, lentes y bien acicalado. Asiento, pero él sonríe mientras se lanza al medio de los ansiosos compradores, como uno más.
Todo es igual. Desde el extremo del parque zonal Huáscar que es la única alfombra verde, pasando por todos los extremos. La característica con que fue concebido, con módulos todos iguales, hubiera hecho de Villa El Salvador un modelo de orden y buen funcionamiento, si muchas interferencias y otras ideas más dejadas de la mano del mercado, no hubieran derribado el plan. Hoy se trata de baños interminables de monotonía, la interminable ciudad, siempre la misma, una y otra vez en cada barrio.

Los rumores se extienden, que en el grupo tal ha habido muertos, que no fue este por coronavirus porque hubo velorio. Pero no puede haber mucha gente en los velorios, y sin embargo están el café y la papaseca, las conversaciones con telón oscuro. Y sin dudas el invisible invitado indeseable.
Pasan los carros negros, uno, dos, tres, los hombres de blanco hacen su tarea en silencio con los tubos fumigadores, el disfraz de astronauta que de pronto todos conocen, pero en el barrio no hubo corona… el silencio es de rigor. Y sin embargo la vecina, la de la otra calle, la tienda de pronto está cerrada.
Solo los valientes o los necesitados se acercan al Hospital de María Auxiliadora. Algunos vieron y otros repiten que hay pilas de bolsas negras, nadie quiere saber en realidad. Más de uno se persigna al mencionar el hospital, como si fuera capilla.

El coronavirus es una enfermedad vergonzante, es la peste que te deja sin amigos, sin cercanías, sin parientes. Nadie quiere estar solo, la soledad absoluta del apestado es peor que la misma peste. Entonces, se murmulla, camina en voz baja, se desplaza invisible. Mejor es no mencionarla, no invocarla, puede venir, puede instalarse. Es una posibilidad, solo eso. Y se dice delante de la misma sombra infecta que camina a la vista de todos.
Al contrario, los omnipresentes mototaxis, con motor de bullicio interminable, se adueñan de las calles. Y empiezan a aparecer también ambulantes, tímidamente primero, despliegan sus carritos a ciertas horas, porque ya viene la normalidad. Con alcohol y tapaboca, con temor y con a mí no me pasa nada: de los dos.
Por la municipalidad, pareciera contrastarse el silencio de la autoridad a la que todos reclaman y no da señales de vida, salvo por las canastas de ayuda distribuidas a gusto de amistades y clientes, seguramente, y tantas en tandas de a tres. De eso todos saben. Y el silencio administrativo ha dado licencia a las tiendas prohibidas que desde hace semanas están por encima de cualquier aforo, mientras que la nueva normalidad patenta la licencia con la nueva cuarentena.
La fila de autos viejos y los de último modelo de la riqueza escondida de los barrios populares, como se dice, empezaron a amontonarse en los semáforos. La esbelta avenida El Sol, iluminada y vuelta verde para que los visitantes a los juegos panamericanos no creyeran que estaban en un pueblo joven, con el pasto cada vez más amarillo y ya algunos focos de luz que no han sido reemplazados, vuelve a taponear con ese ruido para procrear sordos, hecho para no pensar en la angustia de la vida cotidiana normal.
Porque se murió el bodeguero, la señora de la vuelta de la casa, cerró el de la farmacia y ya no se sabe más de él, la prima el primo cuentan sus experiencias con el coronavirus de alguien que conocen y de los otros que dicen que se fueron, el tío, la tía, la abuela son historias tristes que van pasando. La normalidad es eso, ahora la normalidad es morir.
O en el mejor de los casos los encierros sin sabor a cualquier cosa, sin gusto ni olfato, recibiendo los alimentos por una rendija. Y alguien que, finalmente, algo te cuenta.
- “Tengo miedo”, me dice Ángela, por teléfono, desde su casa de tres pisos, alojada en la azotea, lejos de todos en su familia.
Eso es. Todos tienen miedo, pero todos quieren exorcizarlo. Y para eso hay que mentir. Antes éramos el país que más crecía, modelo del mundo, salimos de la pobreza. Ahora será como antes, ya pasó todo, ya nadie cree, pero igual sueña que habrá otra historia para creer. Y entonces el enorme parque industrial de Villa El Salvador ensaya una sonrisa con mascarilla, de las que no se ven.
Es un mantra, un deseo en voz alta, una oración finalmente. Y a lo que venga.




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